viernes 24 de septiembre de 2010

desembarco

qué maneras más curiosas tiene de recordar uno... hoy recuerdo el día en que tu vestido ondeaba al viento en el espigón, justo cuando llegaste a puerto... como te rodeaba todo el viento que hacía bailar tu pelo, que llenaba tu presencia de salvaje apariencia... recuerdo como descendías las escaleras de popa y mirabas indiferente a los ociosos bañistas que yacíamos tranquilos en la arena de la playa, mirabas y aunque ahora lo niegues, sé que me vistes, sólo te fijaste en mí... venías rodeada de miles de emociones, personas, maletas, enseres útiles o inservibles, encuentros y encargos, pero yo sólo te ví a ti, para mí venías tú sola... luego ya con los pies en tierra, en lugar de buscar dónde ir, te abandonaste en la muchedumbre, te escondiste y te alejaste, sólo para seguir destilando interés hacía ti, sólo para que yo y todos mis acompañantes marinos te siguiésemos con la mirada, con el alma... y te adentraste, mas no dejaste las calles que rodeaban el paseo marino, y aunque ya la playa no divisabas, yo te veía claramente: te seguía en cholas y con el torso desnudo, con el sol calentando mi pecho y mi corazón... paraste a descalzarte y seguir palpitando ahora por los pies las nuevas sensaciones que ibas encontrando, y aunque ahora lo niegues, sé que sólo lo hiciste para ver si realmente estaba allí... de pronto echaste a correr, soltaste lo que sin esfuerzo llevabas, y te ví cruzar, aparecer y desaparecer camino del faro... eché a correr detrás tuya, y bien sabe la verdad que lento no soy en el arte de mover los pies, pero tuve que esforzarme para no perder estela, pero aún así no sólo no te alcancé, sino que perdí el calzado, e iba como tú, descalzo y ligero... no recordaba aquel entonces lo deliciosamente dejado que estaba el entorno del faro (no lo recordaba ese día: hoy lo veo muy nítido, incluso recuerdo el aroma), y ví que tu vestido colgada de una rama del viejo y carcomido árbol caído... también pude apreciar en el mohoso muro tu ropa interior... saltaba de piedra en piedra buscándote, ansioso estaba y aún así no te encontraba... en medio de la ceguera, encontré la puerta del faro entreabierta: de nuevo se abrió mi alma... subí las escalones de dos en dos, de tres en tres, nunca había estado allí, y creía que nunca iba a acabar esa escalera, pues no llegaba al final y no recordaba lo alto que era el faro, cuándo alcanzaría el umbral... la luz se colaba con tal fuerza que apenas pude distinguir tu silueta, resplandeciente como el sol, y cuando por fin me acostumbré a tanta indomable visión, pude admirarte plenamente, fijarme en tus infinitos ojos color verde mar, y sentir tu suave voz que decía: "¿ por qué has tardado tanto?"...

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